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Camarena lidera una velada con cierre mexicano

Los pianistas Ángel Rodríguez y María Hanneman

Antes del “viva los héroes que nos dieron patria”, a escasas horas de esa algarabía que es el “grito” rememorativo de Dolores, uno de los más prestigiados tenores de rango internacional —el veracruzano Javier Camarena— dejó en plena libertad su educada voz desde el ya centenario proscenio del teatro Peón Contreras. Quienes tuvimos la suerte de estar presentes podemos decir, como el poeta: “Llegó la noche y colgó en nuestros brazos la alegría”.

En hora y media, entre ensueños operísticos, atisbos de zarzuela y piezas de la canasta popular, el tenor con residencia en Zúrich nos reunificó en admiración ante el hechizo de su sólida profesionalidad. En la mente de muchos quedo opacada —por el momento— la esperanza del pozole, el tequila y los florones de mazapán.

Camarena distinguió a Mérida, en unión de su fiel pianista Ángel Rodríguez, como un segmento de una gira nacional —“Tiempo de cantar”— que se considera una especie de compensación lírica, un lapso liberador, tras los agobios y pesares ocasionados por la pandemia. “Que se aparte el miedo a los viejos muros / Dejad al espíritu recobrar el pulso de las tardes”.

Don Javier quiso —y lo consiguió vehementemente y sin reservas— que el público viajase tonalmente por épocas y estilos con solo un factor permanente: la certeza de saborear, como pocas veces, piezas con probada calidad y solvencia amplísima.

“Oh, sol, levántate. Haz desaparecer esas estrellas y reina en el firmamento”. Con una de las arias más lucientes de la ópera “Romeo y Julieta” de Charles Gounod, el tenor visitante —con amplio manejo de registros medios—, nos dio la bienvenida como el Montesco que Shakespeare nos ubicara oculto en el jardín de su amada. Con esta primera experiencia, advertimos cuan generoso es el timbre que singulariza a Camarena, de terciopelo y fruto dulce.

La hermosísima alborada del príncipe Mylio en la ópera “El rey de Ys” de Édouard Lalo —Vanamente, mi bien amada— dejó en el aire otro matiz donado por Javier, el de la cálida pulsación de las frases, en un fragmento arropado entre la melancolía del último romanticismo francés.

Con Camarena llegó, asimismo, una joven promesa para el piano, María Hanneman, quien inició su presencia con la clara y sensitiva interpretación de aquel “Gran Vals Brillante Op. 18” con el que Federico Chopin dejara boquiabierto a Liszt y a medio París en 1834. María mantuvo equilibrio del tiempo, aunque hubiésemos preferido mayor energía en el “acelerando” final.

Después de una muy realista canción de Verdi —”El limpiachimeneas”— a la que asoció a María para demostrar otra faceta, la de pianista acompañante, de esta chica, el tenor se impuso la tarea más difícil de la velada en el último segmento de la primera parte.

Una romanza de Donizzetti que inmortalizó a Caruso —”Furtiva lágrima”— y la celebérrima “La Donna É Mobile”, joya principal de último acto de Rigoletto, de Verdi, dejaron a los oyentes gratamente admirados del alcance y la pureza de fraseo de don Javier, quien alcanzó en Verdi ese sobreagudo final que vale su peso en oro. La mayoría se enroló de inmediato al listín de sus admiradores. Hubo vítores, gritos de admiración y otras explicables demasías.

Podrán remover la estatua de Colón y otros adalides conquistadores, pero bastó que don Ángel esgrimiera al piano los acordes del intermedio de “Las bodas de Luis Alonso”, con una sal y un airecillo andaluz delicioso, para que removiera la mitad hispánica que corre a caballo en las venas del público. La Madre Patria hizo acto de presencia con traje de manola y el pianista recibió mayúscula ovación.

De inmediato, Camarena pasó al muy amado terreno del “género chico”, la zarzuela que animaba de encubierta picardía la juventud de nuestros abuelos. Cantó con redonda perfección —hermosos pianísimos— la romanza final de José Luis —“Mujer de los ojos negros”— de “El huésped del sevillano” de Jacinto Guerrero y obtuvo plenitud de potencia en ese alarde emotivo en la línea de canto que es “No puede ser” cuyo ímpetu asombra en “La tabernera del puerto” de Pablo Sorozábal. De nuevo, como era natural, el alud de aplausos, incluso de pie.

Llegó, como estrategia final, la hora mexicana. Ataviado de charro, don Javier ofreció cátedra de todos sus dones con “Serenata huasteca”, de José Alfredo Jiménez; el lloroso parpadeo de “Nunca”, obra de nuestro Guty Cárdenas, y “La Malagueña”, de Pedro Galindo Galorza, que fuera un éxito de Miguel Aceves Mejía hará 70 años. Javier atrapó esta canción de cambiantes brotes anímicos con el lazo de su firme disciplina para que, sin privarla de su aroma campestre, otorgarle lucidez de concierto. Claro está que nos llegó el “falsete”, esa vibrante quejumbre aguda que sacude el ánimo. “Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas. Ellos me quieren mirar…”

Ante un teatro unánimemente puesto en pie y con euforia manifiesta, como la bitácora del cronista ha registrado pocas veces —una vez en 1978, con la magia del danzar de Pilar Rioja— Camarena abrió su bolsa de propinas y como padrino de bautizo arrojó “Esta noche vi llover” de Manzanero, “El rey” de José Alfredo y otras dos más. Noche redonda, de desafíos vocales cumplidos y una total, abrumadora dicha de los oyentes.— Jorge H. Álvarez Rendón

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Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam

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