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Jorge Castañeda. Una de cal: la inseguridad en México

Jorge Castañeda (*)

La crisis de la violencia y de la inseguridad en México sigue a tambor batiente. Los homicidios dolosos han vuelto a aumentar, a pesar de la reducción de decomisos de droga y de aseguramientos.

Si dejamos a un lado la tontería según la cual esto es producto de la llegada de armas a México —la prohibición de los fusiles de asalto en Estados Unidos terminó en 2004; los años de menor violencia en la historia moderna del país fueron 2006 y 2007— es obvio que la política de abrazos, no balazos, ha sido inútil para ese propósito. Pactar tácitamente con el narco no ha funcionado, aunque no haya sido forzosamente una mala idea. El gobierno actual lo sabe; por eso insiste en que se debe hacer algo.

Varios comentaristas y expertos han lamentado que estos años se ha producido una centralización del aparato de seguridad del Estado, y una militarización del mismo. Algunos responsabilizan a esta tendencia del crecimiento o la ausencia de descenso de la violencia: demasiadas guardias nacionales, poco presupuesto para policías estatales y sobre todo municipales, o las llamadas policías de proximidad. Pero aunque la militarización sea nefasta y reprobable, la centralización no lo es necesariamente.

Desde 2004 he insistido en que el esquema de seguridad mexicano está condenado al fracaso. Por razones fiscales, de eficacia burocrática, de tradición y marginación, las policías municipales nunca funcionarán en México. Las excepciones no son como se piensan —en Mérida la policía es en su mayoría estatal desde hace años; Aguascalientes es una ciudad/estado— y en Ciudad de México, a pesar de una proporción de efectivos sobre población casi igual a Nueva York, todos son Viruta y Capulina.

Ocurre lo mismo con las policías estatales. La famosa Fuerza Civil de Nuevo León funcionó mientras los ricos pagaban una especie de impuesto especial, que financiaba sueldos muy superiores al promedio nacional. Cuando les dolió el codo —nada raro para los regios— la calidad se vino abajo.

El esquema fiscal mexicano no permite esta escala intermedia: si no hay impuestos estatales, no puede haber policías estatales. Todos sabemos que la inmensa mayoría de las entidades federativas reciben más del 90% de sus ingresos de Ciudad de México. Los académicos especializados pueden seguir repitiendo que “hay que fortalecer a las policías municipales”; no va a suceder.

En cambio, una policía nacional única, grande, financiada por impuestos nacionales, entrenada y apertrechada con el poder de lo único que más menos o sirve en México, a saber el gobierno federal, sí puede tener éxito. Si se llama policía, y no guardia, es porque no debe ser parte de las fuerzas armadas, por las mil y un razones que todos mencionan: el adiestramiento es diferente, la filosofía es distinta, los casos análogos contradicen ese esquema.

Los dos ejemplos más pertinentes —Carabineros en Chile, hoy de capa caída, y la Policía Nacional de Colombia— han funcionado por ser civiles, aunque militarizados. En otras palabras, tienen una jerarquía militar, un espíritu de cuerpo militar, hasta uniformes de estirpe militar, pero responden a un mando civil. No de a mentirita como en México hoy.

Cuando López Obrador le entregue la presidencia a un candidato de la oposición en 2024, le entregará también algo que pueda convertirse con cierta celeridad en eso: una policía nacional. La Guardia Nacional, con todo y su salvajismo, corrupción, formación a las carreras y una dimensión insuficiente, puede constituir la base de lo que se necesita. Bastaría —y se dice fácil— triplicar sus efectivos de ahora, devolverla por completo a un mando civil, lavarle el coco a los que llegaron del ejército o de la marina (la mayoría por ahora), y entrenarlos para tareas también puramente policiacas. Pero las bases ahora sí existen, aunque también con Zedillo, Fox y Calderón se construyeron.

En otras palabras, en esta materia estoy de acuerdo con López Obrador, a pesar de él mismo. Prefiere militarizar más, y se equivoca, pero entre más centralice y abandone a las policías municipales, mejor. Alguien podrá contar con una fuerza existente, y podrá ajustarla en el sentido descrito. Bien por aumentar el presupuesto de la GN y por recortar el de las municipales; solo es una lástima que a los guardias les guste golpear a los haitianos.— Ciudad de México.

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*Excanciller y analista político

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