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De política y cosas peores: invitados

Catón

“Antes de nuestro matrimonio jamás toqué a mi mujer”.

Esa declaración moral le hizo don Castulio a su compadre Pitoldo. Repuso éste: “Mi caso es muy distinto. Yo sí hice eso. Pero entonces no sabía que ella se iba a casar con usted”…

El relato que sigue habría sido objetado seguramente lo mismo por la señora Amy Vanderbilt, maestra del buen gusto, que por don Manuel Antonio Carreño, árbitro de la urbanidad y las buenas maneras.

Aquel señor era de barba cerrada, tanto que al afeitarse le quedaban visibles los cañones en las mejillas. Los cañones son las raíces del pelo de la barba, ésas tan fuertes que no se quitan ni con la afeitada al ras. Fue con un barbero que le dijo: “Lo voy a rasurar en modo tal que lo descañonaré. Por favor métase en la boca esta bola de porcelana. Así la mejilla se redondeará y la rasura será más a fondo”.

Objetó con inquietud el cliente: “Oiga, maestro: ¿y si me trago la bola?” “No hay problema, señor —lo tranquilizó el fígaro—. Me la trae mañana, como hacen todos los que se la tragan”…

En el velódromo el famoso ciclista daba vueltas y vueltas en torno de la pista, sin cansarse, pedaleando a toda velocidad en su biciclo. El amigo de Babalucas le dijo con molestia al badulaque: “Francamente, Baba, esto no es lo que yo tenía en mente cuando me dijiste que me ibas a llevar a ver las mejores piernas de la ciudad”…

En el curso de la campaña presidencial de Madero un reventador al servicio del porfiriato le preguntó al coahuilense al terminar uno de sus discursos: “Si tanto le preocupan los pobres ¿por qué no reparte entre ellos sus riquezas, para que puedan comprar pan?”

Al punto respondió el Apóstol: “El pueblo no tiene hambre de pan. Tiene hambre de libertad”.

Pues bien, hoy por hoy el pueblo cubano tiene hambre de las dos cosas: de alimento para el cuerpo y de libertad para la mente y el espíritu. Es muy posible que la invitación hecha por López Obrador a Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, para que asista a los festejos de la Independencia, haya sido causa de molestia para la diplomacia norteamericana, aunque el caudillo de la 4T haya invitado igualmente al mandatario de EE.UU. a venir el día 27, aniversario de la entrada a la Ciudad de México del Ejército Trigarante.

Esa fecha posee escasa significación política si se le compara con la tradicional fiesta del día 16. De ahí quizá que Biden haya declinado la invitación y nombrado un representante para que asista en su lugar a ese evento menor. No cabe duda: las relaciones de México con la nación vecina se están manejando en forma poco prudente.

Desde luego ni el más devoto feligrés de AMLO podría llegar al extremo de calificarlo de estadista. Sus dichos y actitudes semejan más bien los de un alcalde de pueblo no muy grande. Al menos, digo yo, el tabasqueño debería actuar como un político que mira por el interés de su nación en vez de cultivar dogmatismos obsoletos que parecen inspirados en la lectura de los monitos de Rius de hace 50 años.

No tiene caso estar molestando de continuo al águila calva que nos tiene agarrados por los pelos, dicho sea eso para evitar la alusión a regiones considerablemente más sensibles, pero que no se pueden mencionar aquí por respeto a las familias mexicanas.

En el manejo de nuestro trato con el vecino del norte hemos de tener más mano izquierda y menos izquierdismo…

Una señora relató apenada y cariacontecida en la merienda de los jueves: “Pesqué a mi marido haciendo el amor”. Otra de las presentes la tranquilizó: “No te apures. Pienso que el 50 por ciento de las que estamos aquí pescamos a nuestros esposos usando el mismo método”.— Saltillo, Coahuila.

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